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TRES DÍAS DESPUÉS DE LA MUERTE DE KURT COBAIN

Ya lo has conseguido.
No estar más en ningún sitio, ni con nadie. Mirar para siempre desde las fotografías. Aguantar sumergido hasta el final de todas las desgracias.
Adelantarte a los niños tontos.
Suspender la vigilancia.
Te encontró un electricista, ¿Lo sabías? Un electricista, seguro, lo he leído. Menuda mierda.
Desconectado.
Soñaste que alguien te recogía y soñaste que alguien te lloraba.
Te equivocaste las dos veces.
Bienvenido a NADA

TRES DÍAS DESPUÉS DE LA MUERTE DE KURT COBAIN
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Futuroscopias es una publicación digital y gratuita que se puede encontrar en la red. Llevan dos números públicados gratuitamente y en cada uno de ellos podéis encontrar relatos de ciencia ficción.
http://www.futuroscopias.com/

Esta es la nota de prensa que publicaron a la salida del primer número de la revista.
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Lo he visto en el muro de Andrea “Moonesia” y me ha hecho gracia esta pequeña historia así que quería compartirla y conservarla a mano en mi blog.

Fuente: El País 

Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: “Pero qué chiflados están los europeos“.

Rosa Montero

agosto 2014
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