[Relato] No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes

Lo que viene a continuación es un relato que escribí en un taller de relatos cortos en comunidad umbría.

No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes

Él ya estaba despierto, ni se molestó en mirar la hora del reloj despertador, simplemente mantuvo la vista fija en el techo a la espera de que ese sonido marcara el inicio oficial del día.
A su lado no había nadie pero movió su brazo con delicadeza, como si esperara que ella aún estuviera allí. Tocó un bulto, uno peludo, y con un maullido por respuesta descubrió que se trataba del gato. El viejo Schrödinger se había dormido a su lado, al menos él aún no lo había abandonado.

Cerró los ojos pero no pudo volver a dormirse, y finalmente la alarma sonó. Empezó así su rutina diaria que se resume en aseo, revisión de mensajes en el teléfono móvil, quitarse el pijama, desayuno, y sentarse en el comedor de cara a la calle a la espera de una llamada telefónica.
Tampoco había mensajes en el contestador del teléfono de casa, así que decidió salir a comprar el periódico.

En la calle había gente, los que volvían de fiesta y los que se iban a trabajar, pero nadie le dirigió la palabra. Hace unos días, la mayoría de esas personas le habrían dicho al menos buenos días. Pero ahora no, ahora era una persona “non grata” en el barrio.

Al volver a casa se fijó en una pintada nueva que habían hecho en su coche. Con espray negro habían escrito en un lateral: “VETE DE AKI”. Ya no le importaba nada, él solo esperaba una llamada que le liberara de la culpa. Ni siquiera se enfadó, tan solo se limitó a subir lentamente las escaleras mientras arrastraba los pies de camino a casa. Solo eran tres pisos pero se le hicieron interminables.

Al entrar de nuevo al hogar su vista se fue directamente hacia la ventana. Un plástico la cubría cogido solo por unos clavos no muy bien puestos. Hace dos noches él estaba en este mismo sitio, discutiendo con su mujer otra vez más. Lo recordaba claramente, como si hubiera sido hace unos minutos, él estaba borracho tras haber salido de fiesta con los amigos y ella muy enfadada. Solo fue un golpe para que se callara, uno de tantos como los que ya le había dado antes, pero esta vez ella se defendió. La ira creció dentro de él, ella no podía tratarlo así, no a él. Con rabia la golpeó de nuevo, esta vez en la cara, con el puño cerrado. Pero ella se tambaleó hasta la ventana y cayó por ella.
Al asomarse pudo ver abajo, a nivel del suelo, que aún estaba dibujada con tiza la silueta de su esposa. El gato maullaba mientras se movía alrededor de sus pies, devolviéndolo a la realidad.

Y aquí estaba de nuevo, donde todo comenzó, cuando por fin, tras días de espera, sonó el teléfono. Volvió al baño a lavarse las manos, pero por mucho que lo hiciera ningún jabón las volvería a dejar limpias, nunca.

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